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EL PREMIO NACIONAL DE HISTORIA EN CHILE








EL PREMIO NACIONAL DE HISTORIA EN CHILE
por José del Pozo, profesor de historia, UQAM


Cuando se habla de Premios nacionales en Chile, se piensa inmediatamente en Literatura. Es indudablemente el más conocido, ya que existe desde 1942, y ha sido ganado por autores conocidos en todo el país, como Pablo Neruda o Manuel Rojas. Sin embargo, desde los años 1960 han ido surgiendo premios en otras especialidades, ya sea artísticas o científicas.

     El Premio nacional se otorgó en la especialidad de Historia por primera vez en 1974, y ha continuado a serlo cada dos años. Hay hasta ahora catorce premiados. Si bien algunos nombres son familiares para el público en general, otros en cambio sólo son conocidos en círculos especializados.      Los dos primeros ganadores eran nombres que muy pocos pueden discutir, y cuya labor era bastante conocida. El primerode ellos, Eugenio Pereira Salas, fue profesor durante muchos años en la Universidad de Chile, donde lo conocí en 1961, cuando era alumno de primer año en esa institución. Pereira tuvo el mérito de ser el primer historiador chileno en interesarse en temas de historia de la cultura, como el teatro, la música, la arquitectura y los juegos populares, todo ello durante el período colonial. Su libro Juegos y alegrías coloniales en Chile (1947) constituye un clásico de la historiografía chilena. El segundo, Mario Góngora, premiado en 1976, era también especialista del período colonial, y bastante conocido fuera de Chile, ya que uno de sus libros había sido publicado en Inglaterra, en la prestigiosa Cambridge University Press, bajo el título de Studies in the Colonial History of Spanish America (1975).

     Dos de los otros galardonados, Rolando Mellafe (en 1986) y Sergio Villalobos (en 1992) eran también vastamente conocidos, no sólo por su labor como investigadores y docentes universitarios, sino como autores de manuales de Historia de Chile. A ambos los conocí como estudiante en la Universidad de Chile. Mellafe enseñó un año en Canadá, como profesor invitado en la University of Toronto. Especializado en demografía histórica, uno de sus principales libros fue La esclavitud en Hispanoamérica (1972), traducido posteriormente al inglés y al japonés. Villalobos fue director de la Biblioteca Nacional a comienzos de los años 1990. En un comienzo, su especialidad fue la época de la independencia, pero más tarde derivó al estudio de las regiones fronterizas y de los pueblos autóctonos.

     Entre los premiados menos conocidos del gran público, pero con una larga carrera universitaria, figuran Néstor Meza (ganador en 1980), especialista de la independencia, Ricardo Krebs (1982), que se doctoró en historia en Alemania, en 1941, y que  ha publicado varias veces en ese país, Alvaro Jara (en 1990), experto en economía colonial y autor de un estudio clásico sobre las relaciones entre españoles e indígenas, Guerra y sociedad en Arauco (1961), publicado en francés y español. Los otros dos de este grupo son Mario Orellana (1994), único arqueólogo que hasta ahora ha ganado el premio y Armando de Ramón (1998), abogado y sociólogo, que se ha dedicado a la historia urbana y cuya Historia de Santiago fue publicada en Madrid en 1992.

     Dos premiados constituyen casos especiales. Juan Luis Espejo, el menos conocido de todos (1978), fue de profesión ingeniero agrónomo, que se especializó en estudios de genealogía y en el trabajo de documentalista. Fernando Campos Harriet (1988), abogado de formación, es conocido sobre todo por sus trabajos de divulgación sobre el período colonial, aunque es autor también de una Historia constitucional de Chile que ha sido editada varias veces.

     Finalmente, hay tres autores que han dedicado su vida más a la investigación que a la docencia universitaria. Dos de ellos son sacerdotes. Uno de ellos es Fernando Guarda (1984), quien estudió arquitectura, para luego ingresar a la orden de los benedictinos, y especializarse en la historia de su ciudad natal, Valdivia. El otro es Walter Hanisch, (1998), jesuíta, autor de un gran número de estudios sobre historia religiosa y de las ideas, y que es el historiador de mayor edad en recibir el premio, ya que tenía 82 años en el momento de ganarlo.Y el vencedor de este año, Mateo Martinic, de Punta Arenas, ha dedicado su obra al estudio de su región, incluyendo temas como la inmigración en Magallanes.

     De todo lo anterior se desprenden algunos rasgos que conviene destacar.Uno de ellos es el constatar que el Premio nacional de historia es hasta ahora un monopolio masculino. No sólo todos los ganadores son varones, sino que hasta ahora nunca (hasta donde he podido averiguar) ha habido una candidata que haya estado siquiera cerca de obtenerlo. En lo inmediato, es dudoso que esta situación cambie, ya que si bien hay actualmente algunas historiadoras destacadas, aún no exhiben una carrera que pueda darles posibilidades en los próximos años. Un segundo aspecto es que todos los premiados han concentrado sus investigaciones casi exclusivamente en el período colonial y de los comienzos del siglo XIX. Los que estudian el siglo XX no han atraído hasta ahora la atención de los jurados, aunque hay que decir que los especialistas de esa época no son muy numerosos. En tercer lugar, llama la atención que varios de los ganadores no tenían formación en historia, y que se dedicaron a ella luego de estudiar o ejercer otras profesiones. Este rasgo será cada vez menos probable, dado el alto grado de especialización que la carrera de historiador exige en las últimas décadas, lo que no era el caso en 1950 o 1960, cuando algunos de los premiados iniciaron su trayectoria.  Finalmente, el hecho que el premio haya sido, hasta ahora, concedido sobre todo en época de dictadura influyó sin duda en la elección de algunos de los ganadores en detrimento de otros, como Julio César Jobet o Hernán Ramírez, que fallecieron (ambos en 1980) sin haber tenido ninguna posibilidad de obtenerlo.

     Como información complementaria, debe decirse que el Premio nacional de historia, aparte de los honores que significa, implica recompensas materiales: un monto de 10 millones de pesos al recibir el premio y una pensión vitalicia de alrededor de 500 000 pesos mensuales. Como casi todos lo reciben en edad de jubilar, significa un reconocimiento a toda una vida dedicada a una labor a veces oscura y no siempre bien remunerada, como es la de enseñar e investigar en el área de ciencias sociales.