| Accueil | Courriel-Correo |  Español  Introducción  |  Français introduction  |                                                    
Villa Grimaldi








Villa Grimaldi, treinta años después
Por José del Pozo, historiador

En el mes de julio, estuve en Chile con ocasión del 51º Congreso internacional de americanistas, efectuado en Santiago. Con la participación de más de dos mil cientistas sociales, filósofos, literatos e historiadores provenientes de todos los continentes, se trataba de una importante reunión científica, que se realizaba por primera vez en Chile.

El congreso no sólo fue importante por su valor académico, sino por su significado histórico. Ya en la reunión inaugural, realizada en el edificio Diego Portales, fueron impactantes para mí y para muchos otros las palabras de Jorge Hidalgo, coordinador general del evento, quien destacó la importancia de recuperar el contacto con los académicos chilenos que residen en el exterior, subrayando además que aún no se aprecia en toda su magnitud la existencia de toda una comunidad científica en la llamada 14ª región. Además, el hecho de que esa inauguración se desarrollara en un edificio que antes simbolizaba el poder de la dictadura, lugar al cual muchas veces enviamos cartas pidiendo la libertad de tantos presos políticos, añadió un toque emotivo a esa ceremonia, que permanecerá largo tiempo en mi memoria.

Otro hecho ligado al congreso sería aún más imborrable. Los participantes fuimos invitados a una visita a Villa Grimaldi, el conocido centro de detención, de muerte y de torturas, uno de los más tristemente célebres lugares de la geografía de la dictadura.

Personalmente, nunca había visitado Villa Grimaldi. Sabía que de la estructura original no quedaba gran cosa, ya que los militares, al final de la dictadura, tuvieron buen cuidado de derribar las casas que sirvieron de celdas, a fin de dejar la menor cantidad de huellas posibles de lo que allí ocurrió. El lugar, ubicado en Peñalolén, en el sector cercano a la precordillera, ha sido transformado en un parque del recuerdo, donde subsisten aún testimonios de un pasado todavía cercano, que no puede desaparecer de la memoria histórica.

Muchas cosas impactan al visitante. Enterarse desde el comienzo, de la siniestra estadística según la cual hubo cuatro mil personas que pasaron por el lugar, de las cuales más de 200 figuran hoy entre los detenidos-desaparecidos. Ver placas recordatorias en el suelo, ubicadas allí para recordar que era  lo único que los presos veían, ya que estaban constantemente con la vista vendada. Escuchar los testimonios de algunos de los sobrevivientes o de la hija de una de las víctimas, que nos recuerdan con detalle el horror de aquellos años. Enterarse, por ejemplo, de que hubo dos niños de corta edad que vivieron durante algunos meses en la siniestra prisión, que llegaron acompañando a sus padres, que vivieron abandonados, llorando constantemente, sin que nadie mostrara la menor compasión por ellos, y que fueron finalmente entregados a un asilo de huérfanos. Visitar la “torre”, lugar que fue reconstruído, donde se llevaba a aquellos presos cuyo destino final, salvo excepción, era la muerte. Entrar a las celdas donde aquellas personas tenían que permanecer durante días, en las que cuatro personas debían estar en un espacio de un metro cuadrado, en la oscuridad. Y otras cosas más, todas más horribles que las demás.

Villa Grimaldi recibe hoy muchas visitas, lo que permite recordar ese pasado negro,  e informar a aquellos que aún se niegan a admitir que tales cosas ocurrieron, por lo cual cumple un importantísimo papel en la difícil tarea de avanzar en la democratización del país. Pero tal empresa se realiza en condiciones precarias. El lugar es administrado por una corporación privada, formada por amigos y familiares de las víctimas, que cuenta con escasos recursos para mantener el lugar, confeccionar trípticos informativos, restaurar y ampliar lo que se muestra al visitante. Casi todas las personas que trabajan en la Villa lo hacen sin ser pagadas. Los gobiernos de la Concertación han ayudado a esta labor, pero con subvenciones exiguas, que no son tampoco permanentes. Creo que los chilenos de Montreal deberíamos hacer algo para ayudar a aquellos que trabajan en Villa Grimaldi, y así contribuiremos en la tarea de seguir denunciando los crímenes que se realizaron bajo la dictadura, para obtener que en nuestro país se logre una mayor justicia.